Desarollo y Crecimiento Personal, Un café con Alejandra

El árbol que no sabía quién era


Esta semana he estado enfocada en concretar algunos temas para ofrecer en mi canal de youtube.

He tomado algo de tiempo para hacer el primer ejercicio que sugieren los expertos en Marketing: Observa como lo hacen otros, cambia aquí, cambia allá, borra lo antiguo, deja esto, quita aquello…

He confesar que me gusta ver el proceso que ha tenido este blog, así como el canal; y en ese sentido, borrar esos primeros pasos es como olvidar que he gateado antes de andar. No me parecía del todo!

Sé como aquel o como tal otro,

habla como el o aquella ifluencer,

ponte, quita…

Son los mensajes que me han sugerido algunos expertos en el tema.

uffff No! no soy eso, dije en su momento.

 

Yo soy yo, y eso es lo que necesito dejar ver (algo que he de confesar cuesta un poco al momento de poner rostro en los vídeos).

Y ayer, tras un fin de semana de iniciación en la montaña, un trabajo profundo de conexión con la luz, mientras compartía un poco mi inquietud,  una nueva amiga me dice: Alejita,  en lo vídeos se tú, así como eres tú. No como otros quieren que seas.

Me lo quedo, quiero ser yo con mis equivocaciones, con mis miedos, con mis imperfecciones, con mis dones que se integran cada vez mejor  desde la psicología transpersonal,  la terapia para dejarme ser y ver en este universo de sanación.

Tras esta reflexión, te comparto este cuento que me llego hoy de modo casi síncrono al abrir unos de mis grupos.

 

El árbol que no sabía quién era

En un lugar y en un tiempo de los que no ha quedado constancia en parte alguna, había una vez un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos.

Todo era alegría en el jardín; todos estaban contentos. Bueno, todos, no… Había un árbol que, desde hacía ya un tiempo, se le veía profundamente triste. El pobre vivía sumido en un gravísimo problema: «No sabía quién era porque no daba ningún fruto».

—Lo que te falta es concentración —le decía el manzano—. Si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas. ¿Ves qué fácil es?

—No lo escuches —le aconsejaba el rosal por su parte—. Es más sencillo tener rosas… ¿No ves qué bellas son?

Y el árbol, desesperado, intentaba llevar a cabo todo lo que le sugerían, pero como no lograba que naciese al menos un fruto o una flor en alguna de sus ramas, se sentía cada vez más confuso y más frustrado.

Un día, llegó hasta el jardín un búho, la más sabia de las aves, según dicen, y, al ver la desesperación del árbol, exclamó:

—No te preocupes. Tu problema no es tan grave. Es el mismo de muchísimos seres sobre la Tierra. Yo te daré la solución. Haz esto: No dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas; sé tú mismo, conócete bien, y, para lograrlo, escucha tu voz interior.

Dicho esto, el búho desapareció con un rápido vuelo en la espesura del bosque.

«¿Ser yo mismo…? ¿Conocerme bien…? ¿Escuchar mi voz interior…?», se preguntaba a cada momento el árbol, inmerso en una desesperación que parecía ir aumentando por momentos. De pronto, comprendió qué había querido decirte el búho.

Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y, por fin, pudo escuchar su voz interior diciéndole: «Tú nunca darás manzanas, porque no eres un manzano; ni florecerás cada primavera, porque no eres un rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso. Darás cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje, leña al labrador… Ésa es tu misión: cúmplela.»

A partir de ese instante, el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo, y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado por la Madre Naturaleza. Así, pronto llenó el espacio que le correspondía del jardín y fue admirado y respetado por todos.

Y partir de entonces, todos los moradores de aquel jardín estuvieron muy contentos; todo en el jardín fue alegría y felicidad.

– ¿cuántos veces nos encontramos como el roble   que no se permiten a sí mismos crecer?

– ¿Cuántos serán rosales que, por miedo al reto, sólo dan espinas? 
– ¿Cuántos serán naranjos naranjos que no saben florecer? 
Autor desconocido

 En la vida, todos tenemos un misión que cumplir, un espacio, un sentido … No permitamos que nada ni nadie nos impida conocer y compartir con los demás la maravillosa esencia de nuestro ser.

Ten el valor y el carácter de elegir lo que quieres y recuerda que aquél que te exige cambiar para ser tu amigo no te ofrece nada más que un montón de ideas que te dejarán más vacío antes.

Escucha tu alma, ella sabe muy bien hacía donde te diriges, cuándo no sepas quién eres…ESCUCHA LA VOZ INTERIOR

 

Gracias por leerme, escucharme  y compartir

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4 comentarios en “El árbol que no sabía quién era”

    1. Johanna, gracias por visitar mi blog. El cuento me llego a través de un grupo de facebook, he estado explorando y tiene diversos nombres, no conozco su autor y no sé si es un libro.

  1. Me ha encantado el cuento, pero yo variaría el texto para incluir el crecimiento que tanta falta nos hace, y la espera paciente hasta que llegue nuestro momento…
    Yo diría algo así:
    “A partir de ese instante, el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo, y se dispuso simplemente a crecer, para ser todo aquello para lo cual estaba destinado por la Madre Naturaleza, cuando le llegara su momento.”

    1. Hola, gracias por compartir y hacer esta transformación. Es la maravilla de los cuentos y la creatividad, LA VIDA, que podemos crearla, cambiarla y hacer el desenlace que deseamos.

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